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El cazador negro de James Oliver Curwood

RESEÑA El cazador negro

De nuevo, nos encontramos ante otra de las reseñas de Dani A. Díaz, quien nos habla de la novela El cazador negro,  de uno de sus autores fetiche, James Oliver Curwood

El cazador negro de James Oliver Curwood

Reseña de Dani A. Díaz

 

UN ESPECTÁCULO POÉTICO Y SALVAJE

 

El año pasado tuve la inmensa fortuna de darme de bruces con James Oliver Curwoood, un escritor del que apenas tenía referencias pero que era citado con frecuencia en antologías de aventuras.

Decidí probar suerte con El bosque en llamas y… ¡caí rendido a sus pies!

Un fuego voraz había prendido en mi alma e intenté saciarme con más títulos: Las llanuras de Abraham, Las aventuras del capitán Plum, El ángel del Peribonka y El oso… ¿Resultado? Fascinado, hipnotizado, hechizado.

El cazador negro

El cazador negro de CurwoodUna prosa apasionada, nacida de los rincones más íntimos; un amor sincero por la Madre Naturaleza; un atractivo exotismo en los ambientes y personajes, un sabio dominio de todos los registros: romance, misterio, aventura, épica…

¡No podía esperar más, agonizaba de sed!

Así que me sumergí sin más demora en El cazador negro (recomendación de don Alfredo Lara) y ya no es que he corroborado el buen hacer del escritor norteamericano, sino que puedo gritar con orgullo que entra en mi lista top.

Esta novela me ha dejado una huella indeleble y cuenta con todas las papeletas para convertirse en «mi libro del año».

Nos situamos en un escenario y período histórico concreto: la frontera canadiense, entre 1754 y 1755. Territorios ambicionados por las dos grandes potencias europeas de la época: Francia e Inglaterra.

Argumento

La narración arranca con un tierno romance entre dos jóvenes colonos, Ana y David, a los que parece rodearles una eterna primavera.

Sin embargo, por el horizonte ya asoman negros nubarrones en forma de malvado que irrumpe en la función, el intendente del Rey, Francisco Bigot, que se enamorará perdidamente de la doncella, y en forma de devastadora ansia de conquista por parte de los casacas rojas y sus tribus indias aliadas.

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David, por deseo expreso de su amada y aunque a regañadientes, acude a la corte en Quebec. Aquí, el autor, nos transmite como nadie el contraste entre la vida esforzada pero plena en los bosques y lagos, frente a la disipación e hipocresía de la réplica versallesca en el Canadá.

Para el recuerdo quedan secuencias narradas con un brío y una pulsión que secuestran el aliento del lector: el recorrido por los lóbregos calabozos que se esconden bajo el palacio; el emocionante duelo a pistola y su sorprendente resolución; el castigo terrible que sufre el protagonista atado a… de Nueva Francia); las francachelas y orgías de unos políticos corruptos y sin escrúpulos…

El brutal clímax alcanzado sube un peldaño más con la batalla de Fort Duquesne y la emboscada que sufren los confiados hombres del general Braddock derivando en una despiadada carnicería.

Pero el autor aún nos reservaba un festín salvaje: por otra zona de la frontera se han colado hordas de pieles rojas dispuestos a arrasar las colonias francesas y obtener un sabroso botín de cabelleras; un selecto grupo de exploradores y aventureros emprenderán una carrera de centenares de millas para tratar de llegar a sus hogares y salvar a sus familias.

Se alcanza un ritmo casi cinematográfico: los cinco titanes (David Rock, El Cazador Negro, Carbanac, Matagamos y Pedro Gagnon) alcanzan el señorío de St. Denis cuando una turba de mohawks ya se disponía al asesinato y el latrocinio.

Ya no son cinco hombres rudos de la frontera sino cinco demonios que entablarán un combate homérico que evoca el eterno conflicto junto a las murallas de Troya.

El lector llega al brillante epílogo exhausto llegando a experimentar el cansancio físico por el cúmulo de emociones desatadas en el corazón.

Pocos autores son capaces de transmitir esas sensaciones, Curwood es uno de los elegidos.

¿Qué más se puede añadir? Libro imprescindible, de cabecera, de los que me llevaré a la tumba. Un libro que bulle, palpita, da escalofría, y estremece.

¡¡Gracias, maestro, por todo lo que me has hecho sentir!!

 

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